Sé hospitalario.
Cuando el forastero harto de camino ponga en tu población
su mirada como un cuerpo sobre los pellones del recado tendido en
el campo, espéralo más allá del umbral de tu
casa chata y fresca y ofrécele tu mano como un pregusto de
abrigo.
Porque eres señor de tu casa, trátalo cual si fuera
amo.
No preguntes quién es.
Tal vez en sus brazos pese un mal hecho, más difícil
de llevar por la vida que las arrastradas nazarenas por la barrida
tierra de tu patio en que van hincando su corona de espinas.
Tal vez un orgullo demasiado grande ensanche su frente bajo el chambergo
cuya ala pretensiosa viene despreciando el aire que crea a su paso.
Siéntalo junto al fogón, corazón de fuego de
tu morada tranquila, y dale un banco fuerte en que asentar su fatiga.
Arrima unas brasas a sus pies para que sequen el barro de sus botas
y el calor suba hasta sus labios en confianzas de confidencia.
Déjalo hablar y asiente con tu cortesía sus palabras.
Y cuando el sueño nuble de vacío sus ojos, entonces
dale tu lecho y vigila su reposo tendido sobre tus pellones.
Cuando se vaya llevará consigo el regalo de tu hermandad
que mejora al hombre.
Ricardo
Güiraldes.