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![]() Interior de la sala |
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![]() Tapa de la 1ª Edición del libro "Don Segundo Sombra" realizado en la imprenta Colombo de San Antonio de Areco. 1º de julio de 1926. |
![]() Dedicatoria del libro "Don Segundo Sombra", edición octubre 1926, realizado en la imprenta Colombo de San Antonio de Areco. |
![]() Primera hoja del libro "Don Segundo Sombra" en su edición de lujo impreso por el maestro A.A.M. Stols de Maestricht, Holanda, en 1929. |
![]() Hoja manuscrita del final del libro "Don Segundo Sombra". |
![]() Ricardo Güiraldes |
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Contiene
una interesante selección de publicaciones referentes a la
obra literaria del poeta. Son libros, artículos y notas aparecidas
en periódicos, revistas y folletos. El libro fue escrito en París, hacia 1919, en La Porteña, en los lugares que habitaron los Güiraldes en Buenos Aires: el departamento de la calle Paraguay, el Phoenix Hotel, el Hotel Majestic, el departamento de la calle Solís, adonde llegaban, con las primeras horas de la mañana, las dianas de los exploradores de Don Bosco. Las noches se prolongaban en guitarreadas y cantos, con los muchachos de Martín Fierro, a veces debía hacer un gesto discreto para invitar a partir a lo más rezagados para que Ricardo pudiera encontrar, en la paz de la vigilia, ocasión de proseguir su libro. Pero otras veces el mismo Ricardo suspendía la charla amistosa para entregarse a la lectura o al comentario de un pasaje a discutir, con los amigos, la aventura o desventura del fragmento en cuestión. Ricardo escribía su novela en esos grandes libros de comercio, de tapas negras, duras, con páginas divididas en Debe y Haber, que también se utilizan en las estancias. "La
idea de "Don Segundo Sombra" la llevó dentro de sí
Ricardo Güiraldes durante muchos años. El gran amor por
su pampa y la admiración que la convivencia y el trato íntimo
con el gaucho le dieron, habían ido creciendo en él
junto con su conciencia y fueron dando forma a este poema en su interior,
mucho antes de haber sido escrito." En
el recuerdo de los viejos paisanos, entonces peones o puesteros de
La Porteña, el interés con que Ricardo seguía
sus comentarios, los giros expresivos -y perfectamente naturales-
que dan sabor a las conversaciones criollas; eventualmente, Ricardo
empuñaba lápiz y papel, y en el momento mismo apuntaba
las palabras, temiendo que fueran a escapársele en el escorzo
rápido de su gracia muchas veces intencionada, en el guiño
malicioso y súbito de las comparaciones primitivas pero curiosamente
exactas. Ricardo, respetuoso, requería el consentimiento del
interlocutor, a menudo desconcertado por esta inesperada cortesía
que solicitaba permiso para copiar su voz. Lejos estaban de suponer
los paisanos que desde la blanca torre cuadrada de la vieja casa familiar,
Ricardo traduciría en letra de molde, para siempre, lo que
ellos creyeran el relámpago inútil, inolvidable, de
un momento de conversación amiga.
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